El pecado de amarte se apodera

    El pecado de amarte se apodera

    El pecado de amarte se apodera
    De mis ojos, de mi alma y de mí todo;
    Y para este pecado no hay remedio
    Pues en mi corazón echó raíces.
    Pienso que es el más bello mi semblante,
    Mi forma, entre las puras, la ideal;
    Y mi valor tan alto conceptúo
    Que para mí domina a todo mérito.

    Pero cuando el espejo me presenta,
    Tal cual soy, agrietado por los años,
    En sentido contrario mi amor leo
    Que amarse siendo así sería inicuo.

    Es a ti, otro yo mismo, a quien elogio,
    Pintando mi vejez con tu hermosura.

Derrochador de encanto

    Derroche de encanto

    Derrochador de encanto, ¿por qué gastas
    En ti mismo tu herencia de hermosura?
    Naturaleza presta y no regala,
    Y, generosa, presta al generoso.
    Luego, bello egoísta, ¿por qué abusas
    De lo que se te dio para que dieras?
    Avaro sin provecho, ¿por qué empleas
    Suma tan grande, si vivir no logras?

    Al comerciar así sólo contigo,
    Defraudas de ti mismo a lo más dulce.
    Cuando te llamen a partir, ¿qué saldo
    Podrás dejar que sea tolerable?

    Tu belleza sin uso irá a la tumba;
    Usada, hubiera sido tu albacea.

Amor y odio

Amor y odio

No te conduelas más, por todo lo que has hecho.
La rosa tiene espinas. Fango las claras fuentes.
Nubes y eclipses ciegan a la Luna y al Sol
y en el botón más tierno mora un puerco gusano.

Todos los hombres yerran y yo también lo hago,
excusando tu ofensa con cien comparaciones,
dañándome a mí mismo, para salvar tu error,
disculpando tus faltas, mas de lo que mereces.

A tu sensual error, le doy mi beneplácito,
-y tu mismo rival se torna en tu abogado-
y actuó contra mí, por defender mi causa.

Tal batalla civil hay entre amor y odio,
que necesariamente, me implica, siendo cómplice,
de aquel dulce ladrón, que agriamente me roba.

Soneto 23

Como un torpe actor en medio de la escena,

que, por miedo, olvida el parlamento,

o un iracundo en quien la cólera despierta,

cuyo exceso de enojo le debilita el corazón,

así yo, por miedo de confiar, olvido de anunciar

la exacta ceremonia del ritual de Amor,

y desfallezco en la fuerza de mi corazón

bajo el excesivo peso de mi propio embeleso.

¡Oh! Deja que mis libros sean la elocuencia

y los mudos heraldos de mi parlante pecho

que imploren ellos amor, y esperen recompensa

mejor aun que la lengua que fue más elocuente.

¡Oh! Aprende a leer lo que ha escrito el silencioso Amor:

escuchar con los ojos pertenece a su suave agudeza.