Justo intercambio

besos-pareja

Por un beso tuyo daría
diez cartas de amor sincero,
nueve atardeceres bajo el sol,
ocho rosas de rojo intenso,
siete viajes al fin del mundo,
seis momentos de compañía frente al dolor,
cinco noches de placer,
cuatro anillos de oro,
tres fotos de felicidad,
dos caricias y
una eternidad.

Anónimo

Aunque no este parada

 

Aunque no esté parada
lo mismo me deleita tu miembro
que cuelga -oro pálido- entre tus muslos
y sobre tus huevos, esplendores sombríos,

semejantes a fieles hermanos
de piel áspera, matizada
de marrón, rosado y purpurino:
tus mellizos burlones y aguerridos Continuar leyendo

Monta sobre mi como una mujer

monta sobre mi como una mujer

Monta sobre mí como una mujer,
lo haremos a “la jineta”.
Bien: ¿estás cómodo?…  Así
mientras te penetro daga en la manteca al menos
puedo besarte en la boca,
darte salvajes besos de lengua
sucios y a la vez tan dulces.

Veo tus ojos en los que sumerjo
los míos hasta el fondo de tu corazón:
allí renace mi deseo vencedor
en su lujuria de sueños.

Acaricio la espalda nerviosa,
los flancos ardientes y frescos,
la doble y graciosa peluquita
de los sobacos, y los cabellos.

Tu trasero sobre mis muslos
lo penetran con su dulce peso
mientras mi potro se desboca
para que alcances el goce.

Continuar leyendo

No blasfemes, oh poema

no blasfemes, oh poema

No blasfemes, oh poeta, y recuérdalo siempre:
La mujer es deseable, tirársela está bien.
Aunque obeso es su trasero la prestigia bastante
Y yo lo he saboreado alguna vez.

Ese trasero y los pechos, qué refugio amoroso,
De rodillas la abrazo y lamo su rajita
Mientras mis dedos hurgan el anillo de atrás…
Y los hermosos pechos, impúdicamente perezosos.

Y desde ese trasero, sobre todo en la cama
sirve como almohadón, o resorte eficaz
para que el hombre penetre en lo más hondo
del vientre de la mujer que ama.

Allí mis manos, también mis brazos y mis pies
se apaciguan: tanta frescura y redondez elástica
son un sagrario apetecible donde el deseo renace
fugaz y solapado, prometiendo juveniles proezas.

Pero, ¿cómo comparar ese trasero bonachón,
ese trasero rechoncho, más práctico que voluptuoso
con el hombre, flor de alegría y estética,
y proclamarlo vencedor?

“Eso está mal”, ha dicho el amor. Y la voz de la historia:
“Trasero del hombre, alto honor de la Hélade y divino
adorno de la Roma verdadera, y aun más divino
en Sodoma, muerta y martirizada por tu gloria.”

Shakespeare olvida pronto la gracia femenina
de Ofelia, de Cordería y de Desdémona para cantar
en versos magníficos que un tonto ha denigrado,
del cuerpo masculino su triunfo celestial.

Los Valois enloquecían por los machos, y en nuestra era
la aburguesada y femenina Europa a su pesar admira
al rey Luís de Baviera, ese rey virgen cuyo corazón
solamente por los hombres palpita.

La carne, también la carne de la mujer proclama
el trasero, el pene, el torso y el ojo del arrogante Casto.
Por todo ello, oh poeta, ya lo ha dicho Rousseau,
Es necesario a veces apartar a la dama.

Lasitud

lasitud

Encantadora mía, ten dulzura, dulzura…
calma un poco, oh fogosa, tu fiebre pasional;
la amante, a veces, debe tener una hora pura
y amarnos con un suave cariño fraternal.

Sé lánguida, acaricia con tu mano mimosa;
yo prefiero al espasmo de la  hora violenta
el suspiro y la ingenua mirada luminosa
y una boca que me sepa besar aunque me mienta.

Dices que se desborda tu loco corazón
y que grita en tu sangre la más loca pasión;
deja que clarinete la fiera voluptuosa.

En mi pecho reclina tu cabeza galana;
júrame dulces cosas que olvidarás mañana
Y hasta el alba lloremos, mi pequeña fogosa.