Bajo mis pies, la perturbación de los muertos

Bajo mis pies, la perturbacion de los muertos

De vuelta en el camino, la noche de los muertos en mi cabeza,
el mundo sin ropa y relojes en cada esquina, la liturgia
de acercarme a las estatuas pateando el cielo del césped.
Bajo mis pies, la presencia de los muertos,
vos, también contagiando mis días, mordiendo la materia
de cada poema que escribo al filo del tiempo solo de los imanes;
de pronto pienso que un suspiro puede salvarme del vaho,
el carruaje del aliento no necesita de sombrillas,
ni de bolsillos para entibiar la almohada donde irrumpen vientos
de ilegible caligrafía, horizontes amordazados de hollín.

Mi ataúd es una nube de llaves hacia el infinito:
muero en los teoremas de la saliva,
la tarde se encierra en el baúl del sollozo, en los cipreses que tocan
el sonido del búho, escalera de la lechuza trepada en la rama
de la somnolencia, en el termómetro de la boca.

Camino desciendo por la gradas de la indiferencia: qué otra manera
tengo de sobrellevar la tempestad de las arterias a flor de piel,
qué otra perturbación, sino estos abanicos del telón esparcido
alrededor de mis zapatos, umbral tocado por la muerte.

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