Sobre la ridiculez

ridiculez

Partamos de la premisa de que todos somos ridículos. Y no hablo precisamente de ser ridículos en determinadas ocasiones si no que todos en general, por costumbre y naturaleza, somos ridículamente ridículos.

Esto no supone un rechazo hacia nosotros mismos, sino un acto de amor y compasión hacia esta “humanidad entera que entre cadenas gime”. Aclaro además, que ser ridículo es tan normal como despertarse todos los días y tomarse un café. Porque nuestros actos al volverse mecánicos, poseen en sí mismos un carácter chistoso.

Para el filósofo francés, Henry Bergson en su obra El elogio de la Risa, “fuera de lo que es propiamente humano, no hay nada cómico. Un paisaje podrá ser bello, sublime, insignificante o feo, pero nunca ridículo”. Es más, los dibujos animados son graciosos porque a los animales se les otorgan comportamientos humanos.

Nos pasamos la vida entera sobreviviendo. Todos nuestros objetivos están encaminados poderosamente para sobrevivir. Ir al kínder, asistir a la escuela, luego la universidad, conseguir un empleo (ojalá uno que tenga que ver con lo que estudiaste), casarte, tener hijos y todo esta travesía en este planeta azul para que tus hijos sobrevivan en el mundo y…. ¡vuelve y juega! ¿No es esto chistoso? Luego nos sorprendemos al ver cómo cada detalle de nuestra existencia es tan ridículo que nos reímos de nuestra propia ridiculez en un stand up comedy tan peculiar y criollo como “La pelota de letras”.

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