El odio

odioDe todas las vendas con las cuales hemos tratado de curar sus heridas hagamos un sucio montón a nuestro lado. Que vibren los labios desnudos de la llaga al sol purificador del mediodía. Que los vientos desgarren la piel y se lleven pedazos de nuestro ser en su desordenado viaje por las extensiones. Sembremos la alta flor palpitante del odio. Arrojemos a los cuatro vientos su semilla. Con la cosecha en los brazos entraremos por las primeras puertas de blancos soportales.

No más falsificaciones del odio: el odio a la injusticia, el odio a los hombres, el odio a las formas, el odio a la libertad, no nos han dejado ver la gran máscara purificadora del odio verdadero, del odio que sella los dientes y deja los ojos fijos en la nada, a donde iremos a perdernos algún día. El dará las mejores voces para el canto, las palabras que servirán para sostener en lo más alto su arquitectura permanente.

Queria desunir la vida

queria desunir la vidaQuería compartir la muerte con la muerte
entregar mi corazón vacío a la vida
borrarlo todo que no hubiera ni vidrio ni vaho
nada delante nada detrás nada entero
había eliminado el hielo de las manos juntas
había eliminado la osamenta invernal
del voto de vivir que se anula.

Tú viniste y se reanimó el fuego
cedió la sombra el frío aquí abajo se llenó de estrellas
y se cubrió la tierra
de tu carne clara y me sentí ligero
viniste la soledad fue vencida
tuve una guía sobre la tierra y supe
dirigirme me sabía sin medida
adelantaba ganaba tierra y espacio.

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La soledad es mala para el hombre

soledad mala compañiaUn gacetillero filántropo me dice que la soledad es mala para el hombre; y en apoyo de su tesis cita, como todos los incrédulos, palabras de los padres de la Iglesia.

Sé que el Demonio frecuenta gustoso los lugares áridos, y que el espíritu del asesinato y de la lubricidad se inflama maravillosamente en las soledades. Pero sería posible que esta soledad sólo fuese peligrosa para el alma ociosa y divagadora, que la puebla con sus pasiones y con sus quimeras.

Cierto que un charlatán, cuyo placer supremo consiste en hablar desde lo alto de una cátedra o de una tribuna, correría fuerte peligro al volverse loco furioso en la isla de Robinsón. No exigiré a mi gacetillero las animosas virtudes de Crusoe; pero le pido que no entable acusación contra los enamorados de la soledad y del misterio.

Hay en nuestras razas parlanchinas individuos que aceptarían con menor repugnancia el suplicio supremo si se les permitiera lanzar desde lo alto del patíbulo una copiosa arenga, sin miedo de que los tambores de Santera les cortasen intempestivamente la palabra.

No los compadezco, porque adivino que sus efusiones oratorias les procuran placeres iguales a los que otros sacan del silencio y del recogimiento; pero los desprecio.

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