Sobre la ridiculez

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Partamos de la premisa de que todos somos ridículos. Y no hablo precisamente de ser ridículos en determinadas ocasiones si no que todos en general, por costumbre y naturaleza, somos ridículamente ridículos.

Esto no supone un rechazo hacia nosotros mismos, sino un acto de amor y compasión hacia esta “humanidad entera que entre cadenas gime”. Aclaro además, que ser ridículo es tan normal como despertarse todos los días y tomarse un café. Porque nuestros actos al volverse mecánicos, poseen en sí mismos un carácter chistoso.

Para el filósofo francés, Henry Bergson en su obra El elogio de la Risa, “fuera de lo que es propiamente humano, no hay nada cómico. Un paisaje podrá ser bello, sublime, insignificante o feo, pero nunca ridículo”. Es más, los dibujos animados son graciosos porque a los animales se les otorgan comportamientos humanos.

Nos pasamos la vida entera sobreviviendo. Todos nuestros objetivos están encaminados poderosamente para sobrevivir. Ir al kínder, asistir a la escuela, luego la universidad, conseguir un empleo (ojalá uno que tenga que ver con lo que estudiaste), casarte, tener hijos y todo esta travesía en este planeta azul para que tus hijos sobrevivan en el mundo y…. ¡vuelve y juega! ¿No es esto chistoso? Luego nos sorprendemos al ver cómo cada detalle de nuestra existencia es tan ridículo que nos reímos de nuestra propia ridiculez en un stand up comedy tan peculiar y criollo como “La pelota de letras”.

Lo primero, está alojado en nuestros sentimientos; lo segundo, cuando caemos en cuenta de lo ridículo que resultan ser nuestros sentimientos y toda nuestra odisea de supervivencia, utilizamos la inteligencia y entramos en el terreno de lo cómico.

Si somos ridículos todo el tiempo, ¿por qué tememos a caer en el ridículo? En el siglo XIX, el romántico Gustavo Adolfo Becker expresó que la ridiculez: “Es un monstruo que nos tiene tendida una red inmensa y oculta. Un enemigo artero que se encuentra detrás de nuestras más sencillas acciones, de nuestras palabras más inocentes, de nuestros movimientos más insignificantes. Todos andamos temblando por caer en su celda”.

La ridiculez, o más bien el temor a caer en el ridículo, es una de las peores fobias de nuestra cultura occidental. Ha sido desde la escuela, el temor de todo individuo de caer en las fauces afiladas y criticonas de los demás. Esto es, porque somos sociales, el espejo del otro, etc. Y todo sujeto de burla, visto desde el punto de vista existencial, es un sujeto sin sentido y propósito, un sujeto más. Viéndolo bien, ¿quién quiere sentirse insignificante después de tanto sufrimiento y esfuerzo por sobrevivir?

Le tememos al ridículo desde que hablamos en términos de “autoestima” y fingimos tenerla. O lo que es más sencillo, cuando la tenemos, poseemos seguridad y somos libres; realizamos los actos más ridículos posibles. Por ejemplo: vestir como nos da la gana. ¡Allá va doña Florinda con sus rulos!, ¡¿y esa chaqueta qué, se está ahogando?, ¿qué clase de peinado es ese, está tuerta?

¿Cuando somos muy fuertes, quién cae en el ridículo? Se pregunta Arthur Rimbaud en su poema Frases. Y es que esa fuerza sólo es dada por el amor. Me valgo de la poesía para explicar la ridiculez, porque el poeta siempre está expuesto a caer en ridículo, sin embargo, escribe. Escribe para liberarse quizás, con la única esperanza de que el lector esté en el mismo grado de ridiculez que él y se identifique.

Un poeta que se sintió ridículo fue el chamán, Jorge Gil Henao: “Pero ¿Quién alguna vez no ha sido ridículo? Quién no ha dicho te amo, te adoro, mi cielo, mi sol y ha suplicado hasta el ridículo. Plebeyo, o señor, sabio o bruto, en cuestiones de amor son todos ridículos Sólo los que nunca han amado, los que nunca han creído Se han salvado de gestos ridículos, Los que por miedo al ridículo dicen que el amor es algo ridículo”.

Grandes personajes como Dostoievski, también se sintieron ridículos, y de esta manera se convirtieron en seres capaces de entender a la humanidad y describirla. “Soy un hombre ridículo. Ahora me llaman loco. Esto representaría un ascenso de categoría si no continuara siendo tan ridículo como antes para la gente. Sin embargo, ahora ya no me enfado, todo el mundo me parece simpático y diría que más aún cuando se ríen de mí. Yo/mismo me reiría con los demás, no por querer reírme de mí, sino por amor a ellos.

Lo haría si al contemplarlos no me causaran tanta pena. Me entristecen, porque no conocen la verdad y yo sí la conozco. ¡Qué duro, ay, ser el único en conocer la verdad! Pero cosa es ésta que no comprenderán. No, no la comprenderá”.

¿Hay alguna otra forma de sobrevivir sin ser ridículos? ¿Qué sería de nuestras almas si los artistas no se hubieran atrevido a expresarse por temor a caer en el ridículo? A lo que deberíamos aprender a sobrevivir son a los laberintos del ego. Más allá del bien y del mal, está la espiritualidad en el arte de vivir. Al fin y al cabo, todo es cuestión de actitud.

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