Ruinas del alma

Ruinas del alma

Sin lugar para el odio,
sólo para el silencio y el cansancio, 
la soledad y la tristeza, bloques
rodando por el suelo, derrotados, 
como tambores de columnas, frisos, 
y capiteles en Mileto o Samos.

De la gloria que fue, quedan las ruinas,
y ese sabor amargo
que acompaña en la vida
a cada advenimiento de un fracaso;
y ese estupor funesto, inevitable, 
de mirarse las manos,
un día llenas de esperanza y gozo, 
y hoy vacías, hundidas en el barro,
polvo gris del camino recorrido
amasado con llanto.

Las ruinas tienen su belleza propia,
de que carecen torres y palacios 
que llaman al cemento ‘padre mío’,
y no saben de siglos, sólo de años.

Esta ruina doliente que me cerca, 
que desborda mis párpados,
antes fue templo de Artemisa en Éfeso,
o Mausoleo fue de Halicarnaso, 
o Partenón, o el esplendor de Olimpia,
aún bellos por el suelo derramados.

Lloraré por las ruinas
que vinieron a ser, por el impacto
sobre el alma, que sabe cómo fueron
antes de derrumbarse sobre el campo, 
pero también celebraré su historia,
y entonaré mi canto,
aunque envuelto en gemidos,
a artistas y artesanos
que tallaron la piedra día a día,
con sus mentes, sus almas y sus manos.

Tú y yo fuimos artífices, 
tú y yo martilleamos
labrando las estrías, las volutas, 
fue obra constante, creación de ambos.
Pero la ruina es mía,
porque tú me la hiciste y me la has dado.

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