Programa

programa.

Todo está hecho ya. Han sonado todas las músicas posibles. Se han ensayado todos los instrumentos en su mezquino papel de solistas. A la gran noche desordenada y tibia que se nos viene encima hay que recibirla con un canto que tenga mucho de su esencia y que esté tejido con los hilos que se tienden hasta el más delgado filo del día que muere, con los más tensos y largos hilos, con los más antiguos, con los que traen aún consigo, como los alambre del telégrafo cuando llueve el fresco mensaje matinal ya olvidado hace tanto tiempo.

Busquemos las palabras más antiguas, las más frescas y pulidas formas del lenguaje, con ellas debe decirse el último acto. Con ellas diremos el adiós a un mundo que se hunde en el caos definitivo y extraño del futuro.

Pero tiñamos esas palabras con la sombra provechosa y magnífica del caos. No del pequeño caos de entrecasa usado hasta ahora para asustar a los poetas‑niños. No de esas pesadillas ad hoc producidas en serie para tratar ingenuamente de vacunarnos contra el gran desorden venidero.

No. Unjámonos con la desordenada especie en la que nos sumergiremos mañana.
Como los faraones, es preciso tener las más bellas palabras listas en la boca, para que nos acompañen en el viaje por el mundo de las tinieblas. ¿Qué habrían hecho ellos con sus untuosas fórmulas cotidianas en tan terrible y eterno trance? Les hubieran pesado inútilmente retardando la marcha y desvistiéndola de grandeza.

Para prevenir cualquier posibilidad de que esto nos suceda ahora, es bueno poner al desnudo la esencia verdadera de algunos elementos usados hasta hoy con abusiva confianza y encerrados para ello en ingenuas recetas que se repiten por los mercados.

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