La Reina de diamantes

La reina de diamantes

Muy joven, abrí mis brazos a la pureza. No fue sino un aleteo en el cielo de mi eternidad, sino un latido de corazón enamorado que late en los pechos conquistados. Ya no podía caer yo.

Amando el amor. En verdad, la luz me deslumbró.
La guardo bastante en mí para mirar la noche, toda la noche, todas las noches.

Todas las vírgenes son diferentes. Siempre sueño con una virgen.
En la escuela, está en el banco delante de mí, con mandil negro. Cuando se vuelve para preguntarme por la solución de un problema, la inocencia de sus ojos me confunde hasta tal punto que, apiadándose de mi turbación, me pasa sus brazos en torno del cuello.

Por lo demás, se separa de mí. Sube a un barco. Somos casi extraños uno a otro, pero su juventud es tan grande que no me sorprende su beso.

 

O bien, cuando se halla enferma, es su mano la que retengo entre las mías, hasta morirme, hasta despertarme.
Corro tanto más rápido a sus citas cuanto más me atemoriza no tener tiempo de llegar antes que otros pensamientos me sustraigan a mí mismo.
Una vez, el mundo iba a acabarse e ignorábamos todo de nuestro amor. Ha buscado mis labios con movimientos de cabeza lentos y acariciadores. Bien he creído aquella noche que la devolvería al día.
Y es siempre la misma confesión, la misma juventud, los mismos ojos puros, el mismo gesto ingenuo de sus brazos en torno de mi cuello, la misma caricia, la misma revelación.
Pero jamás es la misma mujer.
Las cartas han dicho que volveré a encontrarla en la vida, pero sin reconocerla.
Amando el amor.

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