La Campana del mar

La Campana del mar

Yo paseaba junto al mar,    y me vino a encontrar,
como luz de estrellas    en la arena bañada,    
una concha nacarina    cual campana marina;
yacía temblando    en mi mano mojada.

   
Entre mis trémulos dedos    percibí cómo un eco
despertaba, débil,    flotando junto al muelle    
una boya que bailaba,    una frágil llamada
sobre un mar sin fin,    ahora lejano y tenue.

Vi un bote, en aquel momento,    que flotaba en silencio,
vacío en la noche    y gris en la marea.    
"¡Es más que tarde! ¡Partamos!    ¿A qué estás esperando?"
grité al embarcarme:    "¡Huyamos de estas tierras!"   

Huíosle aquellas tierras,    envueltos por la niebla,
rociados de espuma,    por el sueño vencidos,    
hacia una playa olvidada    en una tierra extraña.

Al caer la tarde,    tras las aguas oímos    
una campana marina    que las olas mecían,
tañendo, tañendo,    y el rugir de rompientes    
en los terribles colmillos    de un escollo escondido;
y a una extensa costa    fui a parar finalmente.

   
Blanca brillaba la arena,    y en espejos de estrellas,
las aguas hervían    como en redes de plata;    
rocosos acantilados    relucían bañados
en la luz lunar,    como huesos de nácar.

    
Caía polvo de perlas,    centelleando, en la arena
por entre mis dedos;    y fragmentos de joyas,    
y trompetas opalinas,    y flautas de amatista
o de color verde,    y coralinas rosas. 

 

Mas bajo riscos de piedra    había oscuras cuevas,
sombrías y grises,    con cortinajes de algas;    
pude sentir cómo el viento    movía mis cabellos,
y escapé de allí,    mientras la luz menguaba. 

Un arroyo corría    bajando una colina;
bebí de sus aguas    y fui reconfortado.

    
Por sus cascadas subí    hacia un bello país
de eterna vigilia    y del mar alejado,    
trepando por las praderas    de penumbras inquietas:
había allí flores    como estrellas caídas,    
y en el estanque, el nenúfar,    flotando, era la luna
en un agua azul,    helada y cristalina.

   
Los alisos dormitaban    y los sauces lloraban
junto a un lento río    de serpenteantes hierbas;    
espadas de lirios blancos    protegían los vados,
y lanzas verdosas,    y cañas como flechas.  

Durante toda la tarde    allá abajo en el valle
se oyó una canción;    multitud de criaturas   
corrían por donde fuere;    liebres de blanco nieve;
ratas que salían;    mariposas nocturnas   
con ojos como faroles;    sorprendidos tejones
mirando en silencio    desde sombrías puertas.

  
Pude oír desde allí un baile,    y música en el aire,
pies yendo deprisa    sobre la verde hierba.   
Pero allí donde mirara    siempre lo mismo hallaba:
no había pie alguno,    y todo estaba quieto;   
jamás una bienvenida,    tan sólo las esquivas
flautas y las voces,    y cuernos en el cerro.

Con las hojas del arroyo    y juncos en manojos
me hice un manto verde    como las esmeraldas,    
una vara en que apoyarme,    y un dorado estandarte;
con fulgor de estrellas    destelló mi mirada.

   
Con flores como corona    me paré en una loma
y con voz aguda    como el canto del gallo    
grité orgulloso: "Por qué,    decidme, os escondéis?
¿Por qué todavía    nadie me ha contestado?    
Aquí me presento yo,    de estas tierras señor,
con puñal de lirio    y una maza de caña.

    
¡Responded algo, por fin!    ¡Apareced, salid!
¡Por favor, habladme!    ¡Mostradme alguna cara!"   

Se acercó una nube oscura    cual mortaja nocturna.
A tientas anduve    igual que un topo negro:    
cayendo sobre mis manos,    con los ojos cegados
y la espalda arqueada,    reptando por el suelo.

   
Me arrastré hasta un bosquecillo    que se erguía tranquilo
entre muertas hojas,    con sus ramas desnudas.    
Allí, por fin, agotado,    me senté meditando:
roncaban los búhos    en sus casas profundas.

   
Un año, y un día más,    me quedé en el lugar:
oí escarabajos    en los podridos troncos,    
en el musgo las arañas,    tejiendo, se agitaban,
junto a mis rodillas    se extendían los hongos.   

Al final llegó la aurora    a mi noche de sombras;
vi que mi cabello    colgaba, largo y gris.    
"¡Aunque me incline la edad,    debo encontrar el mar!
¡Estoy extraviado,    y el camino perdí,    
pero dejad que me marche!"    Tropecé en ese instante;
me alcanzó la sombra    cual murciélago en caza;    
vino un viento abrasador    que en mi oído vibró,
e intenté cubrirme    con espinosas zarzas.

   
Fatigadas las rodillas,    con las manos heridas,
el peso del tiempo    comencé a notar,    
cuando la lluvia en mi cara    se tornó agua salada,
y sentí el olor    de las algas y el mar.   

Las aves del mar llegaron    con gemidos y llantos;
y vinieron voces    desde cuevas heladas,    
el ladrido de las focas,    el gruñir de las rocas,
y pozos profundos    engullendo las aguas.

    
Llegó el invierno deprisa;    me hundí en una neblina,
y llevé mis años    a la orilla del mar;    
había nieve en el viento,    escarcha en mis cabellos;
en la última costa    cayó la oscuridad. 

Me esperaba todavía    mi barca a la deriva,
subiendo en las aguas,    agitando la proa.    
Exhausto me tendí en ella    y huimos de esas tierras,
cruzando los mares    y saltando las olas,    
esquivando viejas quillas    cubiertas de gavinas
y grandes navíos    cargados de luz pura    
que regresaban a puerto,    oscuros como cuervos,
quedos como nieve    en la noche profunda.   

Entre las casas cerradas    el viento murmuraba;
las calles desiertas.    Me senté en un portal,    
y allí donde la llovizna    zanja abajo corría
mi pequeña carga    arrojé sin piedad:    
granos de arena apretados    en mis ávidas manos,
y en silencio, muerta,    una concha marina.    
Nunca más oiré doblar    la campana de mar,
nunca más mis pies    pisarán esa orilla.

   
Nunca más esos lugares,    pues por tristes pasajes,
por ciegas callejas    y por largas calzadas    
con mis harapos camino.    Sólo me hablo a mí mismo;
pues siguen callados    los que a mi lado pasan.   

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