El ultimo navío

El ultimo navío

A las tres la noche ya estaba muriendo
      y Furriel fuera miraba;
un gallo dorado erguido a lo lejos
      un canto claro elevaba.

El alba era pálida; los árboles pardos;
      las aves, al despertarse
piaban; las hojas venía arrastrando
      una brisa fresca y suave.

Vio crecer la luz desde la ventana
      e iluminarse la hierba:
el rocío gris, intenso, brillaba
      en las hojas y en la tierra.

Sus pies descendieron como blanca nieve;
      veloces se deslizaron
sobre el verde prado: bailaban alegres
      de rocío salpicados.

Bajó entonces Furriel al río corriendo
      con su túnica enjoyada;
se apoyó en un tronco, curvo, sauce viejo,
      y observó un temblor del agua.

Cayó un rayo azul y se zambulló:
      un Martín pescador, raudo;
el banco de lirios se desparramó,
      los juncos se balancearon.

De pronto, una música hasta ella llegó;
      sobre sus hombros brillaba
su cabello, libre, derramado al sol,
      al calor de la mañana.

Oyó soplar flautas, oyó arpas tañidas;
      jóvenes voces de viento
trayendo canciones blancas, cristalinas;
      y campanas a lo lejos.

Vio acercarse un barco de blanco esplendor,
      de proa erguida, elevada,
con oro en los remos y en el espolón;
      unos cisnes lo guiaban.
Venía remando el pueblo gentil
      de la Tierra de los Elfos;
tres de ellos brillaban sobre el plata-gris
      con coronados cabellos.

Alzaban su canto siguiendo las olas,
      llevando en sus manos arpas:
"Los campos son verdes, largas son las hojas,
      y todas las aves cantan:
con auroras de oro una y otra vez
      se iluminará la tierra,
y una y otra flor veremos nacer,
      sin que el trigal envejezca".

"¿Hacia dónde vais, hermosos remeros,
      embarcados, por el río?
¿Acaso al crepúsculo, o al lugar secreto,
      en el gran bosque escondido?
¿Poderosos cisnes en su vuelo os llevan
      al Norte, a habitar las olas,
a las islas frías de costas de piedra,
      donde lloran las gaviotas?"
Responden del barco: "¡No! Marchamos lejos
      hacia el último camino;
dejamos atrás estos grises puertos,
      desafiando al mar sombrío.

Vamos donde siempre crece el Árbol Blanco,
      hacia la última ribera,
Hogar de los Elfos donde está brillando
      sobre la espuma la Estrella".

"¡Abandona ya los mortales campos;
      la Tierra Media dejemos!
Vuela una llamada desde el campanario
      de la Tierra de los Elfos.

Aquí se marchitan las hierbas, el sol,
     la luna, y las hojas caen;
nosotros oímos, lejana, esa voz
      que nos empuja a este viaje".

Dejaron los remos, mirando hacia ella:
      "¡Furriel, Furriel!" exclamaron,
"¿Oyes la llamada? ¡Niña de la Tierra!
      Queda sitio en nuestro barco,
sólo para uno: llevarte podemos.

      Tus días rápidos pasan.
Niña de la Tierra, bella como un Elfo,
      oye la última llamada".
Furriel los veía desde la ribera,
      osando dar sólo un paso;
profundo se hundieron sus pies en la arena,
      y se detuvo, mirando.

Se alejó la nave, susurró al pasar
      rozando las aguas, lenta;
"¡No puedo partir!" la oyeron llorar,
      "¡Yo soy hija de la Tierra!"

Y sobre su túnica, al estar de vuelta,
      ninguna joya brillaba
bajo el techo oscuro y bajo la puerta,
     en la sombra de la casa.

Ciñó su jubón de marrón rojizo,
      trenzando el largo cabello,
y volvió al trabajo, a paso cansino.
      El sol se fue diluyendo.

Todavía fluyen en los Siete Ríos
      los años, uno tras otro;
y pasan la nube y el sol con su brillo,
      y se agitan, temblorosos,
el sauce y el junco.

Pero nunca más
hacia el oeste pasaron
como antes, los barcos, en agua mortal;
y se acallaron sus cantos.

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