El Hombre

hombre.

De su torpeza esencial, de sus gestos vanos y gastados, de sus deseos equívocos y tenaces, de su «a ninguna parte», de su clausurado anhelo de comunicarse, de sus continuos y risibles viajes, de su levantar los hombros como un simio hambriento, de su risa convencional y temerosa, de su paupérrima letanía de pasiones, de sus saltos preparados y sin riesgo, de sus entrañas tibias y estériles, de toda esta pequeña armonía de entre‑casa, debe hacer el canto su motivo principal.

No temáis el esfuerzo. A través de los siglos hay quienes lo han logrado hermosamente. No importa perderse por ello, tornarse extraño, separarse del camino y sentarse a mirar pasar la tropa con un espeso alcohol en la mirada. No importa.

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