De la clemencia senil

De la clemencia senil

(Avanzadas ya las lágrimas por ti,
¿dónde tu muerte?)

Te callaste a traición
y nos hincaste la orfandad en los oídos
para que aprendiéramos a escuchar con el corazón.
Pero no supimos.
Sólo alcanzamos a imaginarte ausente
(¡ausente tú, que nos bailabas los ojos con tus gestos imperfectos!);
sólo imaginamos alcanzar la vida (¡tu vida!)
con los pasos de la cordura.

Te callaste a traición
y nos dejaste ciegos
para que aprendiéramos a ver con el amor.
Pero tampoco supimos.
No supimos verte
porque no sabíamos qué era la vida,
y, sin embargo, te dispensamos el trato de la muerte.

(Muerte arriba, muerte abajo…
¡Y tú sin dejar de moverte!)

Entonces, ¿de quién, de qué esperaremos
el primer gran acto de silencio?
Estamos llorando el eco de tus palabras,
la mudez presente que como afrenta
nos dejas con premura.
Te estamos llorando mientras nos miras
y sonríes antes de tendernos esas manos
de nadie, esas manos calientes
que no nos bastan para saberte entre nosotros.
Pero nosotros, ¿dónde estamos?
¿Qué somos? ¿Acaso diminutos e inconscientes
dioses que deciden lo que no está en sus manos?
Déjanos mirarte una vez más.
Sé clemente con nuestra demencia
y líbranos de la cordura.

Dinos: ¿qué sopor es ése? ¿Qué ternura
se resiste en tus labios?
¿Qué movimiento endereza tu cuerpo
cuando se yergue el cuerpo que nosotros vemos?

¿Por qué sentimos este frío
que a ti no te atenaza?
¿De qué lado está la muerte?
¿A quién ha fulminado?

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