Clasicismo y llaneza

Clasicismo y lleneza

A un caballero y una dama que se criaban juntos desde niños y siendo mayores de edad perseveraron en la misma conversación

Fermio, en tu edad ningún peligro hay leve;
porque nos hablas ya con voz escura
y, aunque dudoso, el bozo a tu blancura
sobre ese labio superior se atreve.

Y en ti, oh Rusilla, de sutil relieve
el pecho sus dos bultos apresura,
y en cada cual sobre su cumbre pura
vivo forma un rubí su centro breve.

 

Sienta vuestra amistad leyes mayores:
que siempre Amor para el primer veneno
busca la inadvertencia más sencilla.

Si astuto el áspid se escondía en lo ameno
de un campo fértil, ¿quién se maravilla
de que pierdan el crédito sus flores?

«Dime, Padre común…»

“Dime, Padre común, pues eres justo,
¿por qué ha de permitir tu providencia,
que, arrastrando prisiones la inocencia,
suba la fraude a tribunal augusto?”

“¿Quién da fuerzas al brazo, que robusto
hace a tus leyes firme resistencia,
y que el celo, que más la reverencia,
gima a los pies del vencedor injusto?”

“Vemos que vibran victoriosas palmas
manos inicuas, la virtud gimiendo
del triunfo en el injusto regocijo.”

Esto decía yo, cuando, riendo,
celestial ninfa apareció, y me dijo:

“¡Ciego!, ¿es la tierra el centro de las almas?”

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