¡CIGARRA!

¡Cigarra!

¡Dichosa tú!,

que sobre el lecho de tierra

mueres borracha de luz.

Tú sabes de las campiñas

el secreto de la vida,

y el cuento del hada vieja

que nacer hierba sentía

en ti quedóse guardado.

¡Cigarra!

¡Dichosa tú!,

pues mueres bajo la sangre

de un corazón todo azul.

La luz es Dios que desciende

y el sol

brecha por donde se filtra.

¡Cigarra!

¡Dichosa tú!,

pues sientes en la agonía

todo el peso del azul.

Todo lo vivo que pasa

por las puertas de la muerte

va con la cabeza baja

y un aire blanco durmiente.

Con habla de pensamiento.

Sin sonidos…

Tristemente,

cubierto con el silencio

que es el manto de la muerte

Mas tú, cigarra encantada,

derramando son te mueres

y quedas transfigurada

en sonido y luz celeste.

¡Cigarra!

¡Dichosa tú!,

pues te envuelve con su manto

el propio Espíritu Santo,

que es la luz.

¡Cigarra!

Estrella sonora

sobre los campos dormidos,

vieja amiga de las ranas

y de los oscuros grillos,

tienes sepulcros de oro

en los rayos tremolinos

del sol que dulce te hiere

en la fuerza del estío,

y el sol se lleva tu alma

para hacerla luz.

Sea mi corazón cigarra

sobre los campos divinos.

Que muera cantando lento

por el cielo azul herido

y cuando esté ya expirando

una mujer que adivino

lo derrame eon sus manos

por el polvo.

Y mi sangre sobre el campo

sea rosado y dulce limo

donde claven sus azadas

los cansados campesinos.

¡Cigarra!

¡Dichosa tú!,

pues te hieren las espadas invisibles

del azul

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