Bajo mis pies, la perturbación de los muertos

Bajo mis pies, la perturbacion de los muertos

De vuelta en el camino, la noche de los muertos en mi cabeza,
el mundo sin ropa y relojes en cada esquina, la liturgia
de acercarme a las estatuas pateando el cielo del césped.
Bajo mis pies, la presencia de los muertos,
vos, también contagiando mis días, mordiendo la materia
de cada poema que escribo al filo del tiempo solo de los imanes;
de pronto pienso que un suspiro puede salvarme del vaho,
el carruaje del aliento no necesita de sombrillas,
ni de bolsillos para entibiar la almohada donde irrumpen vientos
de ilegible caligrafía, horizontes amordazados de hollín.

Mi ataúd es una nube de llaves hacia el infinito:
muero en los teoremas de la saliva,
la tarde se encierra en el baúl del sollozo, en los cipreses que tocan
el sonido del búho, escalera de la lechuza trepada en la rama
de la somnolencia, en el termómetro de la boca.

Camino desciendo por la gradas de la indiferencia: qué otra manera
tengo de sobrellevar la tempestad de las arterias a flor de piel,
qué otra perturbación, sino estos abanicos del telón esparcido
alrededor de mis zapatos, umbral tocado por la muerte.

 

Hacia qué rumbo el vaso oscuro de los verbos y sus inflexiones,
el ojo mortal en la sílaba del requiebro,
los compases del hollín a ritmo premonitorio; hay matices
de balcones, paredes de sigilosos senderos, regazos donde no logro
encontrarme con el vuelo ni quitarme los calcetines del miedo,
no logro ver la frontera de la luz del poema en el río fluvial del sol,
ni entender los padrinazgos de las salas mortuorias.

A veces me toca caminar en medio del camino de las lisonjas,
entender que el entusiasmo es un estribo de frágil cabalgadura:
me disperso en la muchedumbre prescindible:
bajo mis pies crujen las entrañas, el alud de los fantasmas,
aquel asombro que golpea el paladar, la luz que hiere la orfandad
de la fe, hasta sangrar en cada sangre del poema.

No sé si en este designio estará el eco de los muertos,
la nostalgia empinada en la piedra del reloj que nunca cesa
de contabilizar mi saliva. De pronto sólo tengo preguntas
para las aldabas y la puertas, para el forcejeo de las distancias
en las pupilas; preguntas que al mismo tiempo me hacen gris
todo el paisaje. Huyo de la velocidad de mi inocencia.

Cada viaje, supongo, es una conspiración del instinto dictada
por las calles: acaso vuelvo ahora a los andamios de la melancolía,
con su escritura solitaria, con las plantas fatigadas por el polvo.
De cierto, bajo mis pies, el paisaje corroído de la sonrisa,
Esta sucesión de cielos y raíces, siempre el claro desarraigo
De los jardines, la migaja como una partitura del sinfín…

Etiquetado en: . Enlaza el articulo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *